La publicidad de nuevas pruebas promete hijos más sanos, pero los expertos advierten de sus límites científicos, dilemas éticos y posibles efectos sociales
Recientemente han aparecido anuncios en redes sociales y en espacios públicos, como en el metro de Nueva York, que presentan la selección genética de embriones como una forma de tener un “bebé más sano” e incluso un “bebé mejor”. Algunos lemas, como “Ten tu mejor bebé” o “genéticamente optimizado”, sugieren que sería posible escoger embriones con mejores predicciones de altura, inteligencia o menor riesgo de enfermedad. Para entender el debate respecto a la selección genética hay que empezar por lo básico. Desde hace años existen técnicas que permiten analizar embriones antes de transferirlos durante tratamientos de fertilidad. Su objetivo original es médico: ayudar a familias con enfermedades hereditarias graves evitando transmitirlas a sus hijos. En estos casos, se pueden detectar alteraciones genéticas concretas y seleccionar embriones que no las tengan. Este uso está regulado en muchos países.
El problema surge cuando se intenta ir más allá. La mayoría de las enfermedades comunes —como la diabetes, las cardiopatías o muchos cánceres— no dependen de un solo gen, sino de una combinación compleja de muchos genes, el estilo de vida, el ambiente y el azar. Para estimar riesgos en estos casos se han desarrollado métodos que calculan probabilidades basadas en múltiples variantes genéticas. No son diagnósticos, sino cálculos estadísticos.






