En el mundo del alpinismo, el verdadero dopaje es la mentira. Esto no quita para que se empleen, además, sustancias que en los ámbitos deportivos regulados serían consideradas ilegales y tramposas. Nadie criticó a Louis Lachenal y Maurice Herzog, conquistadores del primer ochomil (Annapurna, 1950), por alcanzar la cima forrados de anfetaminas, ni a Herman Buhl por hacer lo propio en el Nanga Parbat en 1953. Ni a los polacos por usar oxígeno embotellado en sus conquistas invernales de varios ochomiles.
Si la farmacología parece “aceptada” en la montaña, la mentira, en cambio, suscita aversión… e incredulidad. Este verano está resultando prolijo en revelaciones desconcertantes que afectan a una parte de la élite del alpinismo, punta de lanza de estas dos últimas décadas. El último caso, destapado por la revista norteamericana Climbing, deja en evidencia a tres estrellas del alpinismo centroeuropeo: Dani Arnold, Alex Huber y Simon Gietl. Los tres anunciaron a bombo y platillo, el pasado mes de julio, la apertura de una nueva ruta en el Jirishanca, montaña de 6.125 metros extraordinariamente compleja ubicada en la Cordillera peruana del Huayhuash.
El trío, un auténtico Dream Team del alpinismo, bautizó su ruta como Kolibri señalando que culminaba en la cima este de la montaña… solo que no existe cima este en el Jirishanca. El punto desde el que los tres decidieron descender se encuentra en la arista este, bien lejos de la única y verdadera cima: alcanzaron una zona plana en dicha arista y decidieron bautizarla como “cima”. El terreno que les quedaba por delante, según el gran alpinista norteamericano Josh Wharton, “constituye en realidad el quid de la ascensión”, explicó a la revista Climbing.










