Es un secreto a voces. Los vecinos de Sant Joan de les Abadesses, en la comarca pirenaica del Ripollès, pasan las mañanas de julio bañándose y tomando el sol en el Gorg de la Malatosca, una bella y recóndita charca a poco más de un kilómetro del centro del pueblo, entre bosques y al pie de un salto de agua.

Cuenta la leyenda que una comadrona de Sant Joan ayudó a dar a luz en este lugar a una de las brujas locales. Como recompensa, la partera recibió un puñado de lentejas que arrojó a la poza y allí, al entrar en contacto con el lecho de roca, se transformaron en pepitas de oro. Hoy no hay oro en el Gorg, pero sí una playa improvisada a la que se acude en ropa de baño y con protector solar pese a que no está a orillas del Mediterráneo, sino a unos 800 metros de altura y a más de 70 kilómetros del mar.

En la España interior abundan los rincones así. Charcas, estanques, lagunas, pantanos, embalses o meandros fluviales que esconden magníficas playas de agua dulce donde pasar el verano en remojo.

No todas son tan modestas como el Gorg de la Malatosca. Algunas albergan a centenares de bañistas, cuentan con vestuarios, toboganes y banderas azules o permiten pasear en piragua y hacer windsurf. Las encontramos en lugares tan alejados del mar como el valle extremeño de Jerte o la sierra de Altomira, en Guadalajara. También en el muy vistoso pantano de San Juan, entre los pinares de la sierra de Gredos, a menos de 70 kilómetros de Madrid y a unos 350 del litoral más cercano.