A cierta altura, lejos aún del océano, el Tajo deja de ser río y se convierte en mar. Entre sus dos riberas hay más distancia (17 kilómetros) que entre la punta de Tarifa y la costa africana. Le dicen Mar de Palha desde que las corrientes comenzaron a formar islas de hierba seca. La palha ya no se amontona, pero el nombre se conservó. Y también permanece la sensación de que aquello es mucho mar y poco río, donde se pescan lubinas y las mareas suben y bajan con su...

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brayados propios del Atlántico.

Alcochete es una de las 10 localidades que miran al Mar de Palha, que se formaba cuando la paja caía, o era arrojada durante las tempestades, desde los constantes barcos que la transportaban hacia Lisboa, en la margen norte, para alimentar animales, cuenta Mário Couto Rosado, coordinador de turismo del Ayuntamiento. Como otras de las ubicadas en la Margen Sur del Tajo, Alcochete siempre ha sido un refugio de lisboetas exhaustos. Empezando por un rey lejano, João II (1455-95), que cruzó el río para huir de la miseria y de la peste de la capital. El monarca abrió una segunda residencia (en su caso tal vez fuese la tercera, la cuarta, la quinta...) desde la que podía observar el intenso tráfico náutico de aquellos siglos. El Tajo era entonces un mar y una autovía.