Desde safaris fotográficos hasta rutas en busca de linces, la temporada fría y la primavera ofrecen multitud de opciones para recorrer y disfrutar de su naturaleza, en pleno momento de esplendor gracias a las lluvias de febrero
Hay un rincón de la costa de Huelva donde cada día se vive un pedacito de verano. Da igual que haga frío, que sea invierno o el mar esté embravecido. Está en una playa larga, larguísima, junto a una vieja torre de oro a cuyos pies ocurre de todo. Hay pescadores que surcan la orilla a toda velocidad en bicicletas eléctricas de anchas ruedas. Hay sesiones fotográficas donde los n...
ovios parecen darse el “sí, quiero” mientras las novias empapan sus vestidos de sal. Hay atrevidos —o no— bañistas que disfrutan de las olas. Y quienes prefieren la tranquilidad de una arena repleta de conchas para vivir aventuras entre las páginas de un libro. También jinetes y amazonas que, por pura afición, pasean a caballo en un atardecer que sobrecoge a un paso del parque nacional de Doñana, territorio del lince ibérico.
La popularmente llamada Torre del Loro es una vieja construcción vigía levantada en el siglo XVI, declarada Bien de Interés Cultural y ya en ruinas. Es el corazón de esta parte de la costa onubense, porque ejerce casi de punto intermedio de 27 kilómetros de playa prácticamente virgen entre las localidades de Mazagón y Matalascañas. Es un lugar que sorprende por el color de la arena. También por las heridas creadas por el agua y el viento en los acantilados del Asperillo, sistema de dunas fósiles declarado Monumento Natural. Se extiende a lo largo de 12 hectáreas que se llegan a elevar un centenar de metros entre tonalidades naranjas, blancas, amarillas y negras, que corresponden a los materiales que han ido formándolo desde hace 15.000 años. “La sensación de pasear por la orilla del mar sin ver prácticamente a nadie más es una pasada. Y subir a los miradores de los acantilados es un espectáculo, tela de bonito, un atractivo muy fuerte”, confirma Alejandro Écija, granadino de 47 años.






