A la Rua 25 de abril hay días que se la come la playa. Basta que sople el viento —y vaya viento— para que quede escondida bajo una fina capa dorada de arena. Allí es justo donde la vía se ensancha para convertirse en un embarcadero de roca caliza. Es un lugar donde levantar la vista sorprende: un puñado de viejas barcas comparten panorámica con casas blancas rematadas de color azul y una arquitectura ligada a la tradición. Es la razón por la que a Burgau, minúsculo pueblecito que late al ritmo de la calle 25 de abril, se le conoce como “el Santorini portugués”. La comparativa...

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, eso sí, se queda corta. En pocos kilómetros cuadrados es capaz de ofrecer una costa bellísima, senderismo junto a acantilados de paredes pajizas, paseos rurales entre higueras y un variado abanico de alojamientos y restaurantes. Y lo mejor: sin la masificación de las islas griegas.

Ubicada en el concelho de Vila do Bispo, camino de Sagres y a unos 15 kilómetros de la ruidosa —y bonita— ciudad de Lagos, Burgau debe su nombre a un caracol marino muy abundante en la zona, también conocido como caramujo o burrié. La villa, de unos 400 habitantes, nació alrededor de una almadraba de atún en el siglo XVI, continuando una tradición pesquera que antes habían iniciado los romanos, según señala el arqueólogo local Ricardo Soares. Aún se puede ver a los viejos pescadores remendando sus redes con paciencia.