“Por favor, Pirineo, regálanos un oso”, murmura a modo de ritual desde lo alto de un cerro del Vall de Aràn (Lleida) y prismáticos en mano el ambientólogo Marià Serrat, de 33 años. Hace pocos minutos que el sol ha empezado a esconderse tras las montañas que se levantan como gigantes rocosos al otro lado del valle. Al anochecer, con la bajada de las temperaturas, se inician las horas propicias para observar la fauna salvaje que durante el día se refugia del calor en los frondosos bosques. A centenares de metros de distancia desde el primer punto de observación, los últimos rayos de sol alumbran ciervos pastando por los prados verdes de las laderas. Un rebeco posa inmóvil desde una cima mientras una pareja de buitres observa la escena desde otro pico rocoso. Pero el premio gordo, el oso pardo (Ursus arctos), parece decidido a no dejarse ver hoy. “A ver si hay suerte. Hemos venido a intentarlo. Es una lotería. En lo que llevamos de primavera y verano en esta zona se han dejado ver tres ejemplares: un macho y una hembra con su cría…”, dice. “Priorizad la observación de los pastos verdes de zonas altas, es probable que se estén moviendo por ahí… buscan brotes tiernos”, añade este rastreador de osos mientras la oscuridad empieza a tomar el valle.
Por las laderas donde habita el oso del Vall de Aràn
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