A vueltas con el motivo de la memoria como alivio del dolor que tarde o temprano inflige la vida, obstinada en analizar el espíritu de la juventud, Donatella di Pietrantonio se ha ganado a pulso el mítico Premio Strega, el galardón literario de mayor peso en lengua italiana, con una nueva historia de mujeres resilientes que se valen de su extraña fuerza telúrica para afrontar la amargura y relatarla como un jurista redactaría un documento, registrando cada detalle y evitando a la vez toda emoción.

La autora de Mi madre es un río (2011) comenzó a escribir tarde pero descubrió pronto un estilo propio de carácter aséptico en el que las emociones se contienen y las frases simples se suceden de modo que cada una de ellas ilumina el significado de la anterior, y tal vez el placer de leer su prosa se explique porque dispone cada una de sus frases como mueve sus piezas en el tablero un maestro del ajedrez. Su estilo distante y a un tiempo extraordinariamente conmovedor podría describirse como se describiría la sensibilidad del acero. De nuevo, como en Bella mia (2013, sin traducir al castellano) y en La retornada (Duomo, 2017), un suceso atroz sacude la vida cotidiana y el retrato de una madre y una hija en primer plano.