Con una sólida trayectoria narrativa construida en poco más de una década —e integrada por Historia de una mirada (2012), Eric (2015), Las siete vidas del cangrejo (2016) y Los que callan (2019)—, en su última novela, El color y la herida, Rebeca García Nieto rubrica los rasgos esenciales de su personal mundo creativo: una exigencia formal y estilística bastante por encima de la media, con una clara apuesta por la originalidad y el riesgo —no ornamentales, sino pertinentes, al servicio de la función expresiva—, muy en consonancia con una concepción de la novela como obra que no se amolda complaciente a los gustos o dictados —modas— (pre)dominantes, sino que ensaya un camino propio, en propuestas que aspiran a avivar la conciencia del lector y hacerle interrogarse —e inquietarse— por la sociedad en que vivimos.
Mientras leía El color y la herida, a menudo recordaba El mundo de ayer, de Stephan Zweig. No era por capricho, ni por cronología, pues la historia que Rebeca García Nieto narra en su novela se remonta al hundimiento del mundo que el novelista vienés rememoró para, desde aquel final, traernos hasta el presente, hasta 2018. Tampoco son comparables el amplio y minucioso despliegue del escenario histórico, pues la autora trabaja con una muy medida selección y condensación de la línea temporal deteniéndose en algunos momentos decisivos que jalonan la vida de los personajes y, a la par que la determinan, expresan el sentido del tiempo. Pero sí he advertido una genuina filiación en la atmósfera y el tono de estas páginas, en una cierta cualidad moral: sutil e inteligente, alejada del eslogan o la consigna, pues las ideas surgen del debate dialéctico, de la disputa que mantienen los personajes a propósito de múltiples aspectos sobre nuestro presente y del aleteo que nos transmite, de los ecos y resonancias que seguimos escuchando tras la lectura.






