Rema Badwan supo que tenía cáncer de mama ocho meses después de que comenzaran los bombardeos israelíes sobre Gaza. El diagnóstico llegó tarde y la enfermedad ya se había extendido a los ganglios y había afectado ligeramente al hígado. “No me dijeron mucho más, ni el estado en el que estaba la enfermedad, ni mis posibilidades de sobrevivir. Solo que tenía que empezar quimioterapia ya”, dice la mujer, de 39 años, debilitada y llorosa en una tienda de campaña en la zona de Al Mawasi, en el sur de la Franja.

Badwan se había notado un bulto en el pecho tres años antes, pero su esposo pensó que exageraba y no quiso que viera a un médico. Finalmente, en junio de 2024, cuando acompañó a una de sus hijas al hospital, decidió hablar con un doctor. “Y ahora todo es infinitamente más complicado. He podido recibir alguna sesión de quimioterapia, pero no exactamente la que necesito, debido a los desplazamientos, a los bombardeos y a que no siempre hay medicamentos”, explica esta palestina, que ha tenido que cambiar de refugio en cuatro ocasiones desde octubre de 2023. “Te inyectan la que hay y eso con suerte. Y tampoco tengo antibióticos, vitaminas y otros suplementos que debería estar tomando”, agrega.