Los gritos de Abdel Rahman Abu Shawish atraviesan la tienda de campaña improvisada en el patio del Hospital Nasser en Jan Yunis. Este palestino de 24 años, al que soldados israelíes dispararon a principios de agosto cuando intentaba hacerse con una bolsa de harina de un camión de ayuda humanitaria al sur de la franja de Gaza, yace ahora en una cama que trajo de su casa, en una tienda de campaña del patio del hospital, porque en el hospital no hay ninguna libre.

Su pie izquierdo, sujeto por un fijador metálico externo que llegó cuatro días tarde, se ha deteriorado hasta tal punto que ya no se puede salvar. “¡Córteme la pierna, córteme la pierna! Se lo ruego, por el amor de Dios, córtemela. No puedo más. Voy a morir de dolor”, grita, llorando. Los médicos que tratan a Abu Shawish informan de que su lesión le causó graves daños en las venas, arterias y nervios, sin posibilidad de salvar su pie. La situación se ha visto agravada por la escasez y la abrumadora presión sobre los equipos médicos. El acceso de médicos extranjeros es casi imposible, así como la imposibilidad de que los pacientes reciban tratamiento fuera de Gaza. Los médicos consideraron que hacía falta amputar.

Esta escena del pasado domingo en el hospital Nasser, el mayor del sur de Gaza, se produjo horas antes del bombardeo israelí sobre el centro médico. Los responsables del hospital afirmaron que al menos 20 personas murieron, entre ellas cinco periodistas, y varias más resultaron heridas. El Ministerio de Sanidad gazatí informó de que el bombardeo fue un “doble ataque”, ya que un segundo misil impactó poco después del primero, cuando llegaron los equipos de rescate. El ataque se produce en medio de un conflicto que, según el Ministerio de Sanidad de Gaza, dirigido por Hamás, se ha cobrado más de 62.000 vidas palestinas desde octubre de 2023, casi la mitad de ellas mujeres y niños.