Cuando la gente empezó a desmayarse de hambre a su alrededor, Ahmed Ajour, de 21 años, miró a su padre, herido durante la guerra, a su madre y a sus dos hermanos pequeños, todos dependientes de él, y supo que no tenía opción. Los mercados de Nuseirat, campo de refugiados del centro de Gaza donde vive la familia, están prácticamente vacíos y lo poco que se encuentra, tiene precios que la inmensa mayoría de la población no puede pagar.

La única posibilidad de este joven palestino era ir al sur y llegar hasta uno de los puntos de distribución de comida de la controvertida y opaca Fundación Humanitaria de Gaza, orquestada por Estados Unidos e Israel con el deseo de sustituir al sistema humanitario liderado por las Naciones Unidas. Según la ONU, al menos 875 palestinos hambrientos han fallecido violentamente en las últimas semanas mientras buscaban comida, la mayoría tiroteados por el ejército israelí en estos centros de distribución de ayuda. Son cifras de mediados de julio y desde entonces los incidentes con víctimas mortales han aumentado. El Ministerio de Sanidad de Gaza calcula que los muertos en estos puntos de reparto superan los 1.380 desde finales de mayo. El viernes, la ONG Human Rights Watch acusó a Israel de crimen de guerra por estas muertes.