La primera novela de viajes en el tiempo es española: El Anacronópete, de Enrique Gaspar, que se publicó en 1887, ocho años antes que La máquina del tiempo, de H. G. Wells. En la novela de Gaspar, la máquina es una caja enorme de hierro que se desplaza en el tiempo gracias a la entonces novedosa energía eléctrica.
Después de 138 años y tras infinidad de novelas, películas y series sobre viajes temporales, aún no hemos construido ningún anacronópete, y solo podemos desplazarnos en el tiempo del modo habitual: esperando que pase. Pero algo hemos aprendido y tenemos alguna idea de lo que podríamos hacer para lograrlo. ¿El problema? No solo es muy difícil, sino que, en el mejor de los casos, son viajes solo de ida.
Hay un par de formas de viajar al futuro (más rápido de lo habitual) que respetan las leyes de la física —en concreto, la teoría de la relatividad de Albert Einstein—. Por un lado, podemos desplazarnos a velocidades muy elevadas. Cuanto mayor sea la velocidad a la que nos movemos, más despacio transcurrirá el tiempo para nosotros. Esto no es ciencia ficción: una prueba en los años setenta con relojes atómicos confirmó que el tiempo en los aviones transcurre millonésimas de segundo más lento que cuando estamos quietos en casa.







