Hay películas que se colocan frente al que mira como si fueran un puñetazo. Pero hay otras —menos frecuentes, más incómodas— que lo hacen como si fueran un espejo. Uno sucio, agrietado, colocado a escasos centímetros del rostro. En ese cristal roto los hermanos Philippou han decidido reflejar no el miedo, sino el sufrimiento más puro e intolerable: el de la infancia. Con Devuélvemela, su segundo largometraje tras el estupendo debut de Háblame, no solo suben la apuesta, sino que dinamitan el tablero entero. Y, tal vez, en esa explosión hayan perdido el equilibrio entre el arte y la atrocidad.

El juego no es el del terror sobrenatural que se fundía con la ansiedad adolescente. No hay fiestas en casas suburbanas ni desafíos entre universitarios con móviles. Aquí, el infierno tiene cuerpo de madre enloquecida y víctimas de ocho años, en una de esas casas de los horrores desgraciadamente reales, incluso en España. Pero su violencia —realista, seca, apabullante— ya no da miedo: genera angustia física. La cámara no se detiene en el susto fácil, sino que se recrea en la exposición minuciosa del dolor infantil. Y eso, aunque esté extraordinariamente bien interpretado —con un Billy Barratt prodigioso y una conmovedora Sora Wong, actriz parcialmente invidente en un papel de ciega—, resulta, por momentos, insoportable.