El verano puede ser el escenario perfecto para cultivar valores y cualidades fundamentales del ser humano, tales como la creatividad, la imaginación o la inventiva, tan necesarios y característicos del cerebro humano y su funcionamiento. Y es que lejos de lo que se pensaba hace unas décadas, el ser humano no es el único ser vivo capaz de emplear su creatividad, pero sí es el ser que más puede desarrollarla a lo largo de su vida si se desenvuelve en el contexto adecuado y con las herramientas necesarias.

A lo largo de la infancia, el concepto de creatividad tiende a favorecerse continuamente, siendo una cualidad de valor e importancia para los profesionales que la acompañan, para las familias y los educadores. Las actividades de manipulación, los juegos de texturas, experimentar con los sentidos, permitir la exploración del medio en el que el menor crece, es algo habitual dentro de los primeros años de vida.

Pero según avanzan los años, la consideración respecto a la importancia de la creatividad va perdiendo fuerza, llegando a creer incluso que no aporta rigor y realismo a las ideas que el ser humano propone, sino cierta fantasía o ilusión. Muy lejos de ser esto cierto, es importante destacar que dicha habilidad no debería perderse nunca, sino tratar de fomentarse, haciendo que las ideas afloren, potenciando la resolución de conflictos, ampliando las respuestas a distintas preguntas y arrojando luz a nuevos desafíos y retos.