El caso de Noelia Núñez, la exdiputada del PP que dimitió tras descubrirse que había falseado su currículum, ha reabierto el debate sobre la meritocracia. Un término muy criticado en los últimos años por soslayar la importancia del origen familiar y la clase social tanto en el rendimiento académico como en el logro profesional, pero al que muchos todavía se agarran para confiar en un futuro mejor gracias al esfuerzo personal.

Los ensayistas Jorge Dioni y Estefanía Molina discrepan sobre la importancia de seguir defendiendo la cultura del mérito como base del ascensor social.

Ojalá existiera algo parecido a la meritocracia. Hace días, una persona compartía la rutina que había seguido para preparar una oposición. Comenzaba a empollar a las 6.50. A las once, almuerzo. A las dos, comida, café y siesta antes de volver al estudio, hasta las 20.30. Dos horas para los conceptos “mujer, hijos, ocio, deporte”. A las once, dormir. Días después, ofrecía otra clave: “Con constancia, todo es posible”. Entendemos que es el nombre de su esposa. Constancia hacía esa cama y preparaba esas comidas. No preguntemos por el dinero.

Como las religiones espirituales a las que sustituyó gracias a la reforma protestante, el capitalismo es un sistema de creencias que ofrece sentido. En nuestro modelo ideológico, el mercado es la única institución que puede estructurar el mundo. Todo el mundo ofrece su producto. Puede ser capital humano, cultural, erótico, tecnológico o financiero, pero hay que hacerlo libremente y en igualdad. Por lo tanto, las leyes que tratan de equilibrar un poco la balanza distorsionan ese mercado, e incluso van en contra de la libertad y la igualdad. La evolución de estos dos conceptos enterrará el legado de la Ilustración.