El encargo más extravagante que ha recibido en toda su carrera Bruno Fernandes, chief concierge del hotel Four Seasons Mallorca, no fue para una princesa catarí ni para un magnate ruso. Fue para, llamémoslo Sir Eduard, una mascota, cuyo dueño —desde 2023 deberíamos decir tutor— es un secreto. Para cumplir con el pedido se hizo colocar una alfombra roja de varios metros a la entrada del hotel por la que hizo su entrada triunfal un perro ya anciano con las patas traseras paralizadas que se desplazaba con estilo y parsimonia en una silla de ruedas mientras sonaba música clásica. En el spa le esperaba un circuito personalizado para sus problemas de movilidad que incluía tomar las aguas a diferente presión y temperatura y varias sesiones de masajes. Los dueños, que no pasaron por la alfombra roja pero sí por varios circuitos wellness, no iban a aceptar recuperarse de un largo viaje transoceánico en un spa de ultralujo que excluyera al veterano de cuatro patas de la familia.
Es relativamente nuevo que los seres humanos adjudiquen a sus animales de compañía deseos y carencias emocionales idénticas a las suyas. Alentados por esa fantasía llamada antropomorfización, que dice más de los humanos que de sus mascotas, se los equipa con una gabardina de Burberry para el otoño y un collar de cristales de Swarovski para las Navidades, se los apunta en Pawmates, una app para encontrar pareja, y se les imaginan alergias y trastornos del ánimo idénticos a los nuestros. La veterinaria etóloga Soraya Beuk, de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Autónoma de Barcelona, contó a El País Semanal que no es nada raro recetar un antidepresivo a un perro y descubrir —casi con pavor— que su dueño se medica con lo mismo.






