Hace unos meses visitamos el cementerio para mascotas de Hartsdale. Inaugurado en 1896 en esa localidad al norte de Nueva York, es uno de los más antiguos del mundo. Fue una idea de mi hija, que llevaba tiempo obsesionada con ese lugar consagrado al duelo de los humanos por sus animales. En Hartsdale hay perros, caballos, gatos y pájaros. Y en menor medida, conejos, reptiles, monos y hasta un león, el de una princesa rusa que vivía en el hotel Plaza a principios del siglo XX. Todos los que hemos querido a un animal conocemos muy bien el dolor que provoca su pérdida. Cuando mi madre perdió a su perra faldera, una bichón francesa llamada Alfonsina, escribió un artículo sobre su dolorosa ausencia titulado El rastro de Alfonsina. Venía a decir que casi sin darnos cuenta los perros nos dejan su indeleble huella. Y ahí se queda, como sus pelos, clavada para siempre.
A los humanos nos da vergüenza llorar a los animales. En mi familia siempre hemos tenido perros y los hemos llorado con pudor, repitiendo entre lágrimas que un perro es un perro. Casi nunca hablamos de Renata porque a mi hija aún le duele. Renata era una ratonera bodeguera que nos hizo reír mucho. Fue la fiel compañera de mi hija entre sus 10 y 22 años. A veces miro a mi perro, el de ahora, y me pongo melodramática. “No me dejes nunca”, pienso mientras me abrazo a él como una loca. Mi perro a veces me hace la cobra. Por fortuna no entiende de melodramas.






