Se sabe que Platón definió al ser humano como “bípedo implume”, y que Diógenes, siempre dispuesto a la polémica, agarró una gallina, la desplumó y dijo con desprecio: “Aquí tenemos a Platón”. Ante la guasa, a Platón no le quedó otra que afinar en su juicio, añadiendo a la definición que el ser humano —además de bípedo e implume— tiene “uñas anchas”.
Pero por mucho que Diógenes provocase a Platón, y por mucho que este se esforzase ante Diógenes, la manera de caminar que tienen las aves no voladoras guarda ciertas diferencias con la nuestra. Porque, mientras que las gallinas lo hacen de puntillas, con los dedos agarrándose al suelo, nosotros lo hacemos a golpe de talón, es decir, tocando con los talones el suelo firme, consiguiendo a cada paso una elegante caída controlada donde jugamos con la ley de la gravedad. Por estas cosas, nuestro andar es un juego donde cada paso forma parte de un acontecimiento; un acto cotidiano que nos traslada a las primeras edades de la humanidad.
No deja de ser curioso que seamos el único mamífero que camina sobre dos patas, en este caso, sobre dos piernas, convirtiendo dicha actividad en algo original que el primatólogo John Napier ha definido con una imagen cargada de simbolismo cuando dice que “paso a paso, nuestro cuerpo se tambalea al borde de la catástrofe”.






