En muchos deportes de riesgo, una de las primeras cosas que aprendes al empezar a practicarlos es a ensayar la caída. Es temerario montarte en un caballo si no sabes reaccionar en el caso de que el animal pierda las manos, y los motoristas se ponen casco no por si se caen, sino para cuando se caigan. Los actores escriben en un papelito su discurso, por si al final les dan el Oscar. Pero en política, me temo, todo el mundo debería tener pensado su final con detalle por un sencillo axioma ontológico: todo termina....
La colección de escándalos que atraviesan al PSOE evidencia el final irreversible de un ciclo. Que las dos manos derechas de Sánchez se encuentren inmersas en sórdidos casos de corrupción compromete de forma letal al presidente del Gobierno. Cualquier persona en su circunstancia se encontraría con el crédito agotado, pero el maltrecho historial de la palabra de Sánchez y su heterodoxa relación con la verdad hacen inverosímil cualquier explicación que se reduzca al orden del lenguaje.
Lo peor no es lo ya publicado. Lo más inquietante es lo que puede acabar saliendo y la siniestra coherencia de lo ya sabido con unas formas y maneras que no pueden extrañar a nadie. Algunos venían avisando desde hacía tiempo —y ahora sabemos que con razón— de la abolición de la moral pública. Un ejemplo revelador: solo en los últimos días hemos visto a tres ministros intentar desprestigiar a la UCO sosteniendo públicamente la mentira de que la Guardia Civil planeaba asesinar al presidente. De hecho, la propia portavoz del Gobierno fue capaz de mantener el bulo en la rueda de prensa del Consejo de Ministros después de que ya hubiera sido desmentido. Sin pestañear.






