Como si fuera una enfermedad crónica, la incoherencia estratégica carcome todo lo que hace el Reino Unido en el mundo. La genuina proeza del primer ministro Keir Starmer de haber restablecido las relaciones con Europa continental —como lo demuestran las recientes visitas del presidente francés Emmanuel Macron y el canciller alemán Friedrich Merz—, no oculta, y en cierto modo incluso resalta, esta confusión de fondo.
En 1945, al acabar la guerra, Winston Churchill concebía el papel del Reino Unido en el mundo como la intersección de tres círculos: la Commonwealth y (todavía entonces) el Imperio británico; Europa, cuya recuperación y unificación tras la guerra respaldaba inequívocamente, y Estados Unidos. A medida que los países de la Commonwealth han forjado otros vínculos más sólidos, el primer círculo ha dejado de tener importancia estratégica. En los años setenta, el Reino Unido se integró en la forma política y económica más desarrollada del segundo círculo —la actual Unión Europea—, pero hoy ya no forma parte de él. Y, con la revolución nacionalista del presidente Donald Trump, el tercer círculo también está deshaciéndose a toda velocidad. Es decir, después de 80 años, los círculos estratégicos del Reino Unido han culminado su cuenta atrás: tres, dos, uno, cero.






