TOUR DE FRANCIAETAPA 18
Todas las metáforas heroicas imaginadas durante la Operación Madeleine se quedarán en el baúl de las cursiladas, condenadas por la nada de la temida Loze, que a todos se impone, y aniquila sus voluntades: Pogacar defensivo, Vingegaard conformista. Victoria para Ben O’Connor, el australiano que peleó la pasada Vuelta con Roglic y especialista en ataques largos y solitarios aprovechando la indiferencia y los tiempos muertos en los que aquellos de las más grandes aspiraciones se neutralizan. Pogacar, tranquilo y fuerte como el oro que permanece sólido si se le sobrecalienta a 10 veces la temperatura de fusión durante una mínima fracción de millonsegundo, solo sale de su actitud pasiva con su ataque sprint habitual para descorazonar a quien todo lo intentó y ni un rasguño le hizo, menos molestos los picotazos del danés incluso que el moqueo recurrente de su naricita colorada.
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Después de sentenciar a Vingegaard en dos días espléndidos de Pirineos –el ataque inopinado a 12 kilómetros de la cima de Hautacam, la cronoescalada de Peyragudes--, el esloveno camino de su cuarto Tour de Francia, y ya lleva 51 días de amarillo en su vida, a uno de Jacques Anquetil, nada menos, el sexto en el ranking histórico, se dedica a contemplar el mundo agitado desde sus alturas, arriesgando nada, descontando, dice, como un condenado, los días, los kilómetros que faltan (exactamente, 446,4). “Siempre que llega la tercera semana me ocurre lo mismo, me pregunto por qué es esto tan largo, tres semanas, tengo ganas de terminar y dedicar mi vida a hacer otras cosas”, medita en alto, en el tono reflexivo que da últimamente a sus conferencias de prensa. “Acabo hasta las narices de todos los que me rodean y solo quiero irme a casa”.














