En esta sociedad anónima poblada cada vez de más nombres que pregonan en redes sobre la receta del buen hacer, la discusión pública sobre el bienestar docente ya no resulta suficiente. Tampoco la ambiciosa misión de acordar unas nuevas competencias para acceder a la profesión, ni hablar de manera vaga sobre mejorar sus condiciones de trabajo. Para que se recupere la dignidad del trabajador de la educación, se precisa saber qué significa ser docente hoy.

En el pasado, los grandes pensadores consideraban que al camino de la vida buena se llegaba a través de la sabiduría. Me llama la atención que los jóvenes de hoy, desde su lógico pragmatismo, piensen que la Inteligencia Artificial les acorte esta senda para poder llegar antes a sus metas. Es curioso que en todas las despedidas de fin de curso a las que he ido este año, y también sobre las que me han hablado algunos compañeros, el alumnado dirija sus discursos a mencionar las bondades del Chat GPT, refiriéndose a esta aplicación como esa herramienta que les ha “salvado la vida”.

En el predominio de una acepción del mundo cada vez más individualista, de forma progresiva nos estamos olvidando de agradecer al docente su labor. Incluso de agradecernos entre nosotros, de hacer piña en una resignificación del compañerismo que se acerque a determinada forma de entender la amistad: una forma de empatía plena que nos haga entender también por qué otros maestros y profesores manifiestan tanto hastío, desgaste o cansancio y, a pesar de ello, siguen mostrándose como magníficos profesionales.