En 1978, las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes acuñaron el término “síndrome del impostor” para describir un fenómeno paradójico: personas brillantes, incapaces de internalizar sus éxitos, convencidas de ser un fraude a punto de ser descubierto. Casi medio siglo después, su contraparte —aún sin nombre oficial— campa a sus anchas en oficinas, redes sociales y gobiernos: son los “impostores sin síndrome”, individuos con escasa competencia, pero una confianza inquebrantable en su valía. Mientras los primeros dudan de méritos reales, estos últimos triunfan con credenciales ficticias.

Ocupan espacios de poder y reconocimiento sin merecerlo, pero también sin cuestionárselo ni por un instante. Avanzan imperturbables, convencidos de sus aptitudes, mientras a su alrededor tintinean los dientes y escasean las uñas. Es un perfil complicado, que se escapa a menudo del radar psicológico, aunque hay quien lo radiografía trazando una línea divisoria clara: “El síndrome del impostor nace de un superyó destructivo que nos dice constantemente ‘no eres suficiente’. En el extremo opuesto están quienes han silenciado completamente esa voz crítica, o quizá nunca la desarrollaron”, explica Adriana Royo, psicóloga y autora de libros como Falos y falacias o Autoboicot. Hoy me apetece tocar fondo.