La vida parece moverse a velocidad de vértigo en los tiempos que corren y lo mismo el fútbol. Lo que hoy nos parece una novedad se convierte en algo obsoleto a la mañana siguiente y hasta los cromos parecen criar canas en cuanto los sacamos del sobre original para exponerlos a la crudeza del álbum: todo parece susceptible de caer en el olvido más pronto que tarde, pero no. Leo Messi sigue siendo el mejor futbolista del planeta. Lo era hace 20 años y lo sigue siendo en el verano de 2025, aunque se pase los inviernos jugando contra rivales aleatorios que nadie sabe, con total seguridad, si ya están por marcharse o todavía están por venir.
Han pasado tres años desde que Leo levantara la Copa del Mundo al cielo de Qatar, tres años que hemos ocupado en buscarle un heredero sin tener en cuenta sus últimas voluntades y abusando de las coronas de cartón: Mbappé, Haaland, Vinicius Jr., Lamine Yamal... Cada uno de ellos disfrutó del honor pasajero de sentirse el nuevo rey sin reparar en que Messi siempre vuelve para meterlos a todos en la caja de los juguetes. Que nos hayamos olvidado momentáneamente de él es fruto de una decisión personal, de su intención de vivir más tranquilo y sin todos los focos apuntando a su barba las 24 horas del día. Pero entonces llega el Mundial de Clubes y descubrimos que el cacique, el que manda, sigue siendo ese tipo bajito que domina la cancha a fuego lento desde los tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero.







