Messi se fue del Barça casi sin querer y nadie quería que se fuese, y Laporta se sabe el villano institucional en una historia que no podía tener un final feliz
Al contrario de lo que sostenían algunos grandes eruditos como John Rambo, Jason Bourne o Jack Reacher, el pasado no siempre vuelve: a veces simplemente se cuela. Y así fue como regresó Leo Messi al Camp Nou: sin avisar, sin himnos, sin niños luciendo su camiseta, sin directivos portando regalos con los que agasajar a la familia del ídolo... Apenas un gol...
pe de instinto trazado en la noche, como esos gatos viejos que jamás olvidan dónde está el comedero. Le bastaron unas linternas, alguna prenda cara de abrigo y la complicidad de un puñado de operarios que todavía hoy se estarán preguntando si la visita fue real o el nuevo estadio ya es lo suficientemente viejo como para admitir la presencia de fantasmas.
Andaba necesitada la masa blaugrana de un pequeño guiño, un gesto sencillo para certificar que el sentimiento es mutuo: Messi se fue del Barça casi sin querer y nadie quería que se fuese. Pero el mundo del fútbol es complicado. Un día te descubres abrazado a un maniquí del 10 como promesa gráfica de amor eterno y al siguiente estás firmando su finiquito, una degradación vertiginosa de las expectativas que Laporta llevará clavada en el pie mientras le dure el aliento. No debe ser plato de buen gusto para él saberse el villano institucional en una historia que no podía tener un final feliz. Ni tampoco para el héroe, que dejó su casa sin poder despedirse porque se corría el riesgo de que lo matara el tejado.






