El fútbol, por mucho que avance hacia el control, necesita como nunca a los que rompen el guion
La inteligencia estadística amenaza con empujar al fútbol hacia una versión más burocrática, donde lo previsible gane terreno y lo diferente sea reducido a la mínima expresión. No lo tendrá fácil....
La Champions nos lo recordó esta semana. Hemos visto partidos intensos, entre equipos solidarios y con un alto grado de organización. Pero cuando el Real Madrid parecía al borde del colapso, la esperanza no residía en el sistema, sino en Vinicius atacando defensores o en Mbappé atacando espacios. Ahí, en esa excelencia, ponía su fe el madridismo.
Algo parecido ocurría con el Bayern de Múnich. Una orquesta afinada, una maquinaria precisa, pero que alcanzaba otra dimensión cuando el balón le llegaba a Olise. Entonces, la amenaza se convertía en terror. Qué sofisticación la del fútbol colectivo bien ejecutado. Pero qué hechizo el de los individuos capaces de romperlo todo.
Diego Maradona fue la encarnación máxima de esa diferencia. Era fascinante, una especie de estrella del rock que emergía por encima de la obra colectiva para embellecerla y elevarla. De él lo sabemos todo: su genio, su magnetismo, su caída. Fue imposible acompañarlo hasta cualquiera de sus dos destinos: ni allá arriba ni allá abajo era alcanzable. Tenía la energía de un titán y, como los titanes, no tenía límites, de modo que terminó siendo vencido por él mismo.






