El Inter Miami, con Leo Messi, Sergio Busquets, Luis Suárez, Jordi Alba y la dirección de Javier Mascherano, es el reducto de la nostalgia en un torneo que intenta conquistar el futuro con millones. Lo raro en el business americano es que el equipo no se llame ya de forma oficial el Inter de Leo Messi. Sería lo justo, también por influencia e inteligencia futbolística, como demostró contra el Oporto. La Pulga, andando, sigue siendo el más lúcido de la reunión de viejas glorias y más en un partido a un ritmo bajo como el de este jueves. Hace y deshace porque es Leo y porque conserva la chispa y el nervio competitivo, la gasolina que alimenta su genio innato.
La inteligencia y el pie, a diferencia de los músculos, no envejecen y el argentino, a una semana de cumplir los 38 años, gobernó la tarde estadounidense como quiso desde su atalaya, el azote de un Oporto en los huesos. Organizó, repartió, goleó y ganó a un pobre oponente que pensó que vencería con servicios mínimos y ahora se encuentra contra la pared. Con un punto en la clasificación, ni siquiera una victoria en la última jornada ante el Al Ahly egipcio asegura el pase a los portugueses porque un empate entre el Palmeiras y el Inter Miami, ahora con cuatro, metería a ambos en octavos.














