Diego —por poner otro nombre, porque no quiere “líos”— es nieto, hijo, primo y tío del metal: “Lo he mamado”. Vivió las míticas huelgas de Astilleros de 1995 cuando era apenas un adolescente en las que su padre volvía “lleno de palos” y, desde que se hizo trabajador de una de las empresas auxiliares de Navantia Cádiz, hace 30 años no ha faltado a una huelga. La de estos días tampoco es una excepción, pese a que su convenio de empresa le salva del de el sector que se negocia en estos días. “En mi casa nunca ha faltado de nada, pero siempre he tenido la maleta en la puerta. Sé bien lo que es este sector”, apunta el empleado.
Y justo por eso Diego asegura que no comulga con el preacuerdo que, en la madrugada del lunes, debería haber acabado con la huelga indefinida que comenzaba ese día, tras dos días de paros que ya se saldaron con violencia en las calles: “No me convence nada”. No es el único que ha puesto pie en pared al texto que rubricó la patronal FEMCA y el sindicato mayoritario UGT, tras un fin de semana de reuniones maratonianas y agotadoras en las que CCOO se descolgó de la foto. Tras el pacto, debían ser las asambleas de cada centro de trabajo del sector —con unos 30.000 empleados— las que debían aprobar ese acuerdo durante la jornada del lunes para pasar a negociar un nuevo convenio, pero solo el 55% de los profesionales lo hizo, según estima Antonio Montoro, secretario general de UGT FICA Cádiz, que excusa no mostrar las actas para no desvelar el sentido de voto de cada empresa y abrir guerras entre compañeros.











