Voy en un vuelo de regreso a casa luego de unas vacaciones en familia y veo que, entre las películas disponibles a bordo, está El hilo invisible de Paul Thomas Anderson, protagonizada por Daniel Day-Lewis. Decido verla. Mientras lo hago, no recuerdo haberme sentido nunca tan inquieta por una película, tan desestabilizada por las reacciones que provoca en mí. Me siento tentada de pararla. El filme me induce a reaccionar de una forma que reconozco y me parece familiar, y luego trunca esa reacción. Abandono el avión sintiéndome irritada e incómoda.
Durante la semana posterior dicto una clase magistral en Bruselas y, en el vuelo de regreso, El hilo invisible sigue proyectándose a bordo. Por razones que no entiendo muy bien —la razón podría ser simplemente Daniel Day-Lewis— me siento compelida a verla de nuevo, pero esta vez sé lo que estoy viendo y mi reacción se transforma en asombro. Que esta película se hiciera, que se proyecte en un avión y que fuera dirigida por un hombre heterosexual, todo eso me impacta como algo profundamente esperanzador (…).
En una entrevista con Terry Gross en Fresh Air, Anderson, que vive con la actriz y comediante Maya Rudolph (que fue una estrella de Saturday Night Live), contó que la inspiración para El hilo invisible provino de su propia experiencia. El incidente en cuestión ocurrió cuando se enfermó de una gripe tan severa que se le hizo imposible hacer lo que siempre había hecho, es decir, “seguir en marcha”. Sin más opción que meterse a la cama, necesitó que su compañera cuidara de él, y así fue. Con todo, quedó desconcertado cuando ella le dijo: “Oh, me gustas así, como ahora”, queriendo decir, según él lo explica, vulnerable y abierto. Para él, fue una revelación.






