Nunca hasta hoy había hablado como judío. Intenté hacerlo siempre como ciudadano, como un igual entre iguales, como alguien preocupado por lo que nos es común, tratando de respetar a la palabra, de reconocerla como el bien más preciado de nuestra humanidad compartida, lo que nos hace ser lo que somos al instituirnos como individuos que son en tanto son con los otros, en tanto reconocen y son reconocidos.
Fui educado como judío; no fui educado en el judaísmo, no en esa versión del judaísmo que implica las formas, sagradas o profanas, de pertenencia a la tribu, sino en el judaísmo que se confunde con aquello que, imprecisamente pero sin vacilar, entendemos como humanismo.
El 17 de marzo de 1992, oí desde la editorial el estruendo de la bomba que destruyó la Embajada de Israel en Argentina sin imaginar que era una bomba, y descubrí con azoro el modo en que el odio tocaba nuevamente a nuestra puerta, la de los judíos y la de los argentinos. El 18 de julio de 1994, el horror se hizo presente en el rostro de un amigo que trajo la noticia de la destrucción de la AMIA, la mutual de la comunidad judía, por un coche cargado de explosivos.
El 7 de octubre —no es necesario decir el año; “7 de octubre” es ya el nombre de una nueva marca de lo innombrable—; el 7 de octubre fue la desesperanza y la desesperación, la infinita tristeza por las víctimas y por el significado —los significados— de que fueran víctimas. Fue más de lo que puede decirse con palabras, porque las formas que tomó ese día la violencia sobre la vida y la violencia sobre la muerte, las formas de la humillación y del desprecio de lo humano, alcanzaron cimas que con dificultad pueden ser expresadas por el lenguaje.






