Ochenta años después del fin de la Segunda Guerra Mundial un nuevo genocidio vuelve a sacudir nuestro frágil orden moral. El filósofo judío Theodor Adorno escribió en 1949 que era difícil escribir poesía después de Auschwitz. En este nuevo tiempo de oscuridad, donde también se hace difícil escribir, no solo poesía, cabe hacerse algunas preguntas urgentes sobre el apoyo inquebrantable hacia Israel de las comunidades judías de la diáspora.

Israel está cometiendo un genocidio en Gaza según han concluido las oenegés israelíes B’Tselem y Médicos por los derechos humanos. También han llegado al mismo dictamen Francesca Albanese, relatora especial de la ONU para Cisjordania y Gaza, Amnistía Internacional y Human Rights Watch, y un número cada vez mayor de expertos en estudios sobre genocidio y derecho internacional, entre los que destaca el israelí Omer Bartov, profesor de la Universidad de Brown.

El Gobierno israelí no solo niega que se esté cometiendo tal genocidio, sino que ha invocado el holocausto judío para encubrir los crímenes de las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI). El historiador israelí Daniel Blatman escribió recientemente en Haaretz que la identidad de víctima que Israel ha construido a lo largo de generaciones alimenta ahora su negación del genocidio en Gaza.