El Holocausto nos enseña que la democracia es frágil y que si las personas de bien miran hacia otra parte el mal avanza
En el contexto de los actos de conmemoración del 27 de enero, Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, un año más se han sucedido los eventos para restablecer y honrar la memoria de los seis millones de judíos, medio millón de gitanos, disidentes políticos, homosexuales, discapacitados y todas las víctimas del atroz régimen nazi y sus colaboradores.
Un año más miramos hacia atrás y llegan las imágenes de los insultos, señalamientos, persecuciones, acoso… después llegó la industria de la muerte: los trenes, los campos de concentración y exterminio, las cámaras de gas y los crematorios.
Un año más nos preguntamos qué nos enseña el Holocausto: que la democracia es frágil si no estamos alerta. Que el desprecio, la discriminación y el odio se expanden como una mancha de aceite si no la paramos. Que los hombres y mujeres buenos, si miran hacia otro lado, permiten que la maldad aumente y se apodere de la sociedad.
El Holocausto no fue algo repentino. Fue una larva alimentada durante años a base de mentiras e infundios sobre los judíos.






