Cuando Steven Spielberg dirigió La lista de Schindler, algunos historiadores le reprocharon que escogiese para contar el Holocausto la historia de un alemán que salvó a cientos de judíos. Oskar Schindler fue un miembro del Partido Nazi que se instaló en Cracovia para forrarse aprovechándose de la guerra sin ningún escrúpulo. No tuvo problemas en instalarse en un piso de lujo que había sido incautado a una familia judía. Pero cuando contempló las atrocidades de la liquidación del gueto de Cracovia, algo hizo clic en su mente y se dio cuenta de que no podía ser cómplice de esa barbarie. Y decidió hacer todo lo posible para salvar vidas humanas.
Las historias de aquellos que fueron capaces de decir no resultan esenciales para entender la Segunda Guerra Mundial, de cuyo final se cumplen 80 años el próximo 15 de agosto. Las guerras están llenas de actos de una crueldad atroz, inexplicable, pero también de decisiones de un valor y una generosidad atronadoras. Los Justos entre las Naciones son aquellos que, como Schindler o el español Ángel Sanz Briz en Budapest, decidieron salvar a judíos durante la Shoah, a veces con riesgo de su propia vida. Uno de los casos más extraordinarios es el de un pueblo francés, Le Chambon-Sur-Lignon, cuyos habitantes se conjuraron para esconder a tantos judíos como fuese posible.






