Estoy sentada en un jardín en la casa de amigos en Morille, cerca de Salamanca. Es domingo y me salgo al jardín con un café a oír los pájaros y mirar el verdor de los árboles. Los pájaros me recuerdan mi casa en Nicaragua, ahora lejana y vacía.
Anoche no lograba dormir pensando en Gaza, pensando en el médico que contaba cómo cada día el ejército israelí mata a los palestinos que hacen lo imposible por acercarse al lugar donde esperan recibir algún alimento. Un día les disparan a la cabeza y el torso, decía el médico; otro día a la región del estómago, otro día a la ingle y las piernas. Es difícil de creer, decía. “Nunca vi nada semejante, pero los médicos lo hemos comprobado. Es como un juego para los soldados”.
Hace mucho que me pregunto cómo es posible que el mismo pueblo que lleva un holocausto en su memoria, que se ganó un territorio por la compasión de unas Naciones Unidas escandalizadas por su tragedia, haya perdido la compasión de forma tan monstruosa. El odio atroz parece haberles hecho perder la memoria y la perspectiva.
Como testigos de ese horror en Gaza, viendo fotos de niños, si no muertos, famélicos, oyendo la cifra de muertos cotidianos nos sentimos impotentes e incrédulos.






