La vecindad de México con Estados Unidos ha sido fuente de las mejores oportunidades y, a la vez, origen de humillaciones e infortunios. Avatares de una cercanía con el sueño americano o con el mayor mercado de consumo del mundo que bien podría constituir motivo de envidia para muchos otros países. Con el arribo de Donald Trump, sin embargo, se ha convertido potencialmente en una maldición. Es cierto que todas las naciones tienen motivos de preocupación por los embates del atrabancado republicano. Pero la vulnerabilidad de México es distinta: la visión política de la derecha estadounidense hace de nuestro país un asunto de seguridad nacional doméstica, con todos los riesgos que ello supone.
El enorme privilegio que supuso el Tratado de Libre Comercio que integró a Canadá, Estados Unidos y México en una misma región en los años ochenta, hoy puede ser una tragedia. La economía mexicana se convirtió en gran medida en un eslabón de la poderosa cadena norteamericana. Eso derivó en una dependencia, disfrazada de integración, que deja al país atado de pies y manos frente a las extorsiones de Trump. La electricidad depende del gas de Texas, los depósitos de gasolina alcanzan para una semana de consumo, sin el maíz del medio oeste se desploma la dieta del mexicano. Por no hablar del turismo, las remesas que alivian la miseria de los más necesitados, los millones de empleos que dependen de la maquila y del nearshoring, o la amenaza de las agencias de seguridad de intervenir militarmente en contra de los cárteles de la droga. Infinitas formas que hoy tiene Trump para incordiar a México. La acusación de voceros de su gobierno de que la presidenta Claudia Sheinbaum podría haber instigado las protestas violentas, que obligaron a enviar marines y Guardia Nacional a Los Ángeles, una acusación a todas luces falsa, revela los límites a los que puede llegar una amenaza de Washington.






