La llegada a este mundo de Julia, que hoy tiene cinco años, fue todo menos improvisada. Ana Isabel Egea, su madre, fue diagnosticada en 2013 de Esclerosis Temporal Mesial (ETM), una dolencia neurológica que provoca crisis de epilepsia y por la que consumía tres medicamentos. “Los médicos me insistían en que planificara bien el embarazo. Que era peligroso quedarme en estado con esos tratamientos y que, si tomaba la decisión, tendríamos que revisarlos antes”, recuerda esta operaria de producción que vive en Zaragoza y tiene 40 años.

Una vez resuelta a ser madre, Ana Isabel inició junto a su neurólogo un proceso gradual para dejar de tomar dos fármacos y reducir a la mitad la dosis del tercero. “Al final todo salió muy bien, pero son momentos en los que sufres y lo pasas mal. Te sientes como si tuvieras que pedir permiso para tener un hijo. Pasas por un embarazo de riesgo y no sabes si, al bajar la medicación, vas a empeorar y esto puede afectar al bebé”, afirma.

Como Ana Isabel, mujeres de todo el mundo afrontan el embarazo y la lactancia con la vulnerabilidad de que la medicina desconoce datos clave sobre la seguridad y eficacia que en ellas tienen muchos de los fármacos que necesitan. Un problema, a primera vista, difícil de resolver. Durante las fases de investigación, aún se desconocen aspectos clave de los medicamentos y parece razonable que las mujeres en su situación no sean expuestas a ellos.