Debió de haber un tiempo en el que no existía el postre, ese alimento para el que siempre nos queda espacio. Sin embargo, el dulce, asociado a la parte festiva de la alimentación, se remonta a los egipcios, que mezclaban frutas secas y miel. Los griegos la combinaban con nueces y queso, aunque en ambos casos no eran alimentos exclusivos del cierre de una comida. Los romanos sí denominaban secunda mensa (mesa secundaria) el momento equivalente al postre, y servían frutas, frutos secos, queso o pastelillos con sésamo y mezclas de harina de trigo, leche, huevos o aceite. Todo ello sin olvidar que es posible que los primeros en dedicarse al arte de acabar una comida fueran los chinos y los indios.
En el Kunstmuseum, de la ciudad neerlandesa de La Haya, una exposición dedicada a la perspectiva histórica europea del postre desde el siglo XVII —abierta en noviembre y que puede verse hasta el 26 de octubre— suma ya cerca de 300.000 visitantes. Titulada Grand Dessert, plasma la revolución culinaria operada en el continente, y en Países Bajos, con el tráfico colonial de azúcar y especias, y con las recetas aportadas por la migración. El festín que propone al visitante incluye olores y recetas; moldes de púdines y gelatina; recreaciones de pasteles; cubetas artesanales para helado; sombreros en forma de tarta… Y no se olvidan de las vajillas y cubertería adecuadas, que con el tiempo fueron adquiriendo formas sofisticadas.






