En los años noventa, el entonces profesor de la Escuela de Negocios de Harvard Joseph Nye —­asesor de las administraciones de Clinton y Obama— acuñó el término soft power del arte. El poder blando a través del cual se pueden conseguir objetivos políticos. ¿Un ejemplo? En 1962, Jackie Kennedy (1929-1994) logró que el entonces ministro de Cultura de Francia, André Malraux (1901-1976), prestase la Mona Lisa a Estados Unidos. Consiguió cambiar la mala relación entre el presidente francés Charles de Gaulle (1890-1970) y un novato John F. Kennedy (1917-1963), que llevaba tres meses en la Casa Blanca. Jackie entendió el valor intangible del cuadro de Leonardo en plena Guerra Fría. Y en la actualidad, ¿qué sucede en Estados Unidos?

El artista plástico chileno Alfredo Jaar (Santiago de Chile, 69 años), que vive en Nueva York, recuerda la frase acuñada por el filósofo Antonio Gramsci (1891-1937) cuando fue perseguido y encarcelado por el régimen fascista de Benito Mussolini: “El viejo mundo muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen monstruos”. Jaar, que se declara afectado por la expulsión de más de 500 estudiantes que criticaban el “genocidio” en Gaza, dice que hasta ahora creía “que los espacios del arte y la cultura eran los últimos lugares de libertad que quedaban; los territorios del poder suave de la creación”. Ahora concluye que ya no es así: “La solidaridad con Gaza que se fue extendiendo por cientos de campus en todo el país, e incluso en el mundo entero, fue una bellísima, aunque corta, demostración de la humanidad de las nuevas generaciones”. Sin embargo, detiene sus palabras y recupera una frase del filósofo Friedrich Nietzsche (1844-1900) para subrayar la relevancia que el arte tiene en la sociedad: “La vida sin música sería un error”.