La articulista Lauren O’Neill anunciaba a finales del mes de mayo en la versión británica de Vogue el deceso del chic. “RIP Chic, la palabra ha perdido al fin todo su significado”, proclamaba el titular. La crónica de una muerte anunciada, en realidad, pues el término ya se había convertido en un cliché hueco, vacío de contenido, tiempo ha. Es una de esas expresiones asociadas al léxico de la moda y el estilo agotadas por el uso y abuso indiscriminados. En la misma liga de la infamia lingüística que glamour, icónico o cool, he aquí un adjetivo definitivamente derrotado en el campo de batalla digital de nuestros días (las redes sociales, ese matadero donde van a morir hoy las palabras), víctima quizá de su propia naturaleza vana, trivial, frívola, insustancial.

El problema con el chic —o lo chic— es que viene tarado de serie, que no existe siquiera acuerdo sobre su origen y verdadero significado. Etimológicamente, hay quienes lo derivan del alemán shick, que designa el tacto o la destreza al ejecutar una acción; y hay quienes encuentran su raíz en el francés chicanerie, jerga judicial para acusar lo mismo una argucia y subterfugio ingenioso que la irritante tendencia a preocuparse por menudencias y detalles superfluos, según documentaba el diccionario francés-inglés Randle Cotgrave en 1611. En español tenemos chicanería para decir más o menos lo mismo. “Es una palabra horrenda y extraña, de cuño reciente, que ni sé deletrear”, escribía Charles Baudelaire en su breve ensayo Salón de 1846. El padre de la poesía moderna, el mismo estandarte de la sofisticación dandi, acabó defendiendo su uso, pero solo para distinguirlo de la banalidad al referir un estilo único, individualista, resultado de la comprensión profunda de uno mismo y del mundo que lo rodea y de la voluntad de abrazar lo poco o nada convencional. Cómo una idea antiburguesa de lo que podría ser la elegancia pasó a identificar ciertos topicazos estilísticos, casi siempre relacionados con el imaginario femenino, es un misterio.