Histórico es un adjetivo manoseado, desgastado por el uso y abuso. Hay, sin embargo, momentos para los que va como anillo al dedo. Este es uno de ellos: el cierre unilateral del estrecho de Ormuz por parte de Irán tras la ofensiva estadounidense a sus instalaciones nucleares sería el equivalente a arrojar una bomba atómica sobre el mercado petrolero; entraría, en fin, en territorio ignoto: nunca antes se ha cerrado una arteria de este calibre, por don...
de pasa una cuarta parte del crudo mundial, imprescindible para el normal funcionamiento del mayor mercado de materias primas del planeta.
Ormuz lleva décadas desempeñando un papel esencial en la normal distribución de crudo a lo largo y ancho del mundo: prácticamente toda la producción petrolera de Oriente Próximo pasa por allí. De ser finalmente clausurado por el país que lo controla, Irán, la mayoría de potencias fósiles de esa región (Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Baréin y Kuwait) tendrían imposible exportar.
Y el mayor vendedor de petróleo del planeta, Arabia Saudí, vería reducidos a la mitad sus canales exportadores: de los 10 millones de barriles diarios que extrae cada día, solo podría poner en el mercado cinco —la capacidad máxima del oleoducto Este-Oeste, construido a principios de los ochenta, durante la eterna guerra que libraron Irán e Irak—.








