Cuando se derrumba la confianza (en una pareja, en una empresa, en un proyecto político), o se restaura enérgica, radical e inmediatamente. O se cierra etapa y se abre nueva página.

Esto sucede hoy con el mandato de Pedro Sánchez. No por ilegítimo (esa falsedad ultra). Ni porque sus políticas públicas sean injustas o ineficaces (al contrario, el grueso de las mismas es remarcable: en lo económico, lo social, lo energético, la normalización de Cataluña…). Ni por sus discutibles modos (exceso de decretos-leyes, tendencia a confrontar antes que a cooperar…).

Sino a causa de dos casos de presunta corrupción: José Luis Ábalos, Santos Cerdán. Porque su selección y mantenimiento como secretarios de Organización del primer partido en el poder revelan un error de juicio grave y continuado del líder. En asunto clave, la identificación de instrumentos esenciales (personales) para una política. Y con efectos contaminantes en el Gobierno: en el anterior, pero que en esencia es el mismo y con igual presidente. Subrayemos que se trata de un acto continuado: no solo en Derecho dos sentencias constituyen jurisprudencia.

El goteo diario de ambos casos (y el de Koldo, que en realidad conforman uno, pues una es la trama) en diarios y noticiarios será letal si se añade algún cuarto personaje o ramificación de bulto. Pero ya es ahora insoportable para la estabilidad parlamentaria y la emocionalidad ciudadana, por mera tracción de la inercia procesal. La obscena aparición sucesiva de conductas desaprensivas sepultará toda novedad positiva. Iremos a susto diario y no habrá espacio en la conversación pública para cualquier atisbo de gobernanza.