Algo se ha roto con Pedro Sánchez. Cuesta pensar hoy que el daño moral provocado por la presunta trama Koldo-Ábalos-Cerdán pueda revertirse como si nada. El Gobierno ha perdido el control de la agenda, tal que parte de la ciudadanía vive ya pendiente de si habrá más filtraciones que se lo lleven por delante. Plantear al votante progresista el dilema entre “presunta corrupción o ultraderecha” no podría ser más lesivo en estos momentos.

Es el resumen de las comparecencias del presidente del Gobierno: transijan con lo que haya podido ocurrir, lo que podamos saber mañana o frente a cualquier recelo que tengan, porque lo que sube será peor. Lo asumen los partidos independentistas: ERC y Junts no podrían apoyar una moción de censura de Alberto Núñez Feijóo porque Vox promete ilegalizarles o recentralizar competencias autonómicas. Sánchez reta a la oposición a tumbarle, a sabiendas de que la alternancia hoy es imposible en España. Su mayor parapeto está en los socios y en el mismo PSOE. Tras ganar las primarias en 2017, el secretario general laminó el poder del Comité Federal y los barones —aquellos que le habían derribado en 2016—, de forma que ya solo podría echarle la militancia, algo impensable.