Imagen de archivo del barco Aquarius, en el que viajaban 106 inmigrantes, a su llegada al puerto de Valencia en 2018. EFE/Manuel Bruque
Laura López |
Valladolid (EFE).- El sudanés Ahmed Abou, de 24 años, es hoy, ante todo, un vecino más de Valladolid, que vive tranquilo en su piso alquilado, con un trabajo en un bar de copas que le permite hacer de vez en cuando una escapada y el sueño de abrir algún día su negocio, aunque sin grandes pretensiones como hacerse millonario.
Cualquiera que cruce con él unas palabras -en su caso, en perfecto castellano- no pensará, a simple vista, que Ahmed es un refugiado, superviviente del Aquarius que desembarcó en Valencia hace ahora siete años con más de 600 migrantes a bordo.
Tampoco que huyó de la guerra en su país cuando solo era un crío y pasó un año y medio en Egipto y otro «encerrado» en Libia por la falta de seguridad hasta que se la jugó a una sola carta, como dice él, al subirse a una patera junto a otras 120 personas rumbo a Italia, de noche y con la única guía de tres estrellas.







