La madrileña Iris M. admite, no sin cierta vergüenza, que estuvo recibiendo una “generosa” asignación mensual de sus padres hasta los 31 años, época en que completó sus estudios superiores de diseño 3D en Boston. Ahora tiene 37, ha vuelto a Madrid y trabaja como grafista freelance para varias empresas españolas y estadounidenses, unas tareas a las que “muy rara vez” dedica más de 15 horas semanales. Iris es rica, o al menos tiene un poder adquisitivo muy por encima de la media. Hace año y medio heredó de sus padres una serie de propiedades, empezando por un bloque de viviendas en el barrio de Chamberí. Ella vive en el ático y tiene alquilados seis apartamentos, más otros dos que dedica, de manera esporádica, al alquiler turístico. Desde que recibió su herencia, ha pasado de una vida de “pizzas, kebabs, pisos compartidos y vacaciones precarias en youth hostels europeos” a viajes transcontinentales con su pareja, hoteles y buenos restaurantes.
Arturo L.F., barcelonés de 41 años, volvió hace seis meses a casa de sus padres tras una relación fallida. Aunque asistió a escuelas de interpretación, gestión empresarial y hostelería, no consiguió completar sus estudios superiores. Su vida laboral ha resultado “muy frustrante” hasta la fecha: menos de cinco años cotizados más algún que otro periodo trabajando en negro. Pero Arturo tiene un plan. Es hijo único y cuenta con heredar a medio plazo las dos viviendas de sus progenitores, una en el centro de Barcelona y otra en Asturias. Venderá o alquilará una de ellas, se instalará en la otra y espera recibir también dinero en efectivo y propiedades menores como “un terreno, una plaza de aparcamiento y un trastero”. Divorciado desde hace una década, tiene una hija de 11 años que vive con su antigua pareja. Su proyecto a estas alturas consiste, según reconoce con amarga ironía, en vivir de la herencia de sus padres hasta que pueda vivir de su hija.






