Un hombre reza con un guante de cuero cubriendo su mano derecha. La imagen que da la bienvenida a la gran exposición que el Macba dedica a Carlos Motta, condensa una tensión fundamental en su obra: el legado opresivo de la religión como norma cultural y la insubordinación y la herejía como formas de disidencia. Es también el umbral hacia los submundos gais en los que ha transitado su trayectoria, marcada por más de dos décadas de mirada implacable al legado colonial y a la moral sexual impuesta por la Iglesia.
Su trabajo se centra en la vulnerabilidad de ciertos cuerpos ante la violencia del Estado, las decisiones políticas y los procesos históricos. De la crisis del VIH al genocidio en Gaza, tema de fondo en su última performance, Gravedad (2024), su arte ha dado voz a quienes fueron silenciados por el discurso normativo, mucho antes de que eso se convirtiera en un gesto corriente en los museos de arte.
Por todo eso, es de justicia que el Macba le dedique esta falsa retrospectiva, comisariada por Agustín Pérez-Rubio y María Berríos, y sin duda una de las propuestas más contundentes de la última etapa del museo barcelonés. Motta reescribe desde lo queer el relato oficial del colonialismo, entendido como “una historia de subyugación cultural completa”, como este artista colombiano de 46 años, asentado en Nueva York, señala durante una visita a la muestra. Una sala acoge una instalación compuesta por 20 réplicas en miniatura de esculturas prehispánicas que representan sexo entre hombres, copiadas de obras de museos antropológicos. Ponen en duda las nociones de pecado, crimen y desviación impuestas tras la colonización, planteando la hipótesis de una sexualidad más libre en la América prehispánica.






