Este miércoles, como casi siempre cuando tiene sesión de control, Pedro Sánchez llega bastante temprano a la zona de Gobierno del Congreso, a pocos pasos de la entrada al hemiciclo. Allí están a esas horas miembros del Ejecutivo y del entorno más próximo del presidente que aprovechan para hablar con él en unos minutos relajados antes del pleno. Santos Cerdán es una de esas poquísimas personas ajenas al Gobierno que tenía autorización para entrar a esa zona cuando quisiera, por su estrecho vínculo con el presidente. Él ha sido mucho más que un número tres del partido. El negociador con Junts, el hombre que coordina todos los movimientos de los distintos dirigentes territoriales, el que maniobra para controlar el partido, una figura clave de las operaciones discretas. Cuando llama Cerdán, todos saben que es como si lo hiciera Sánchez.
A esa hora del miércoles, las 8.30, las portadas de algunos diarios ya hablan del “informe Cerdán” de la UCO que estaba a punto de salir. Sánchez y su hombre clave del partido las comentan indignados.
Cerdán insiste en su indefensión, en quejarse de una persecución. Él decía, en público y en privado, que lo único que podía haber era conversaciones en las que se interesaba por alguna obra pública pero no por contratos amañados, sino porque le presionaban los alcaldes para ver si la que les afectaba iba a estar terminada para la campaña electoral de 2023. Y Sánchez, y con él todos los demás, le creen.











