La semana pasada, dos de los hombres más poderosos del mundo escenificaron una enorme pelea en redes. Decidimos observar el numerito, porque la alternativa ―asumir que estamos en manos de seres salvajes― es descorazonadora. Enseguida Musk hizo como si se arrepintiera de lo ocurrido con Trump y nosotros, también, seguimos adelante. La ira del poder es una parte más del espectáculo hiperrealista de las redes sociales: sacas el móvil del bolso en el autobús y tienes un mensaje nuevo de tu pareja, los niños mueren en Gaza, en Wallapop la mesa que sigues ha bajado de precio y un tipo con el botón nuclear ha perdido los nervios, infartando a medios y mercados globales.
La realidad es que tenemos un problema. Algunas de las personas más influyentes del planeta son profundamente irracionales, y no parecen tener unos círculos cercanos capaces de frenarlos. Durante siglos, las sociedades desarrollaron formas de contener los impulsos de sus líderes. La burocracia que rodea al poder tiene muy mala fama, pero cumple una función sedante: mientras se sigue el procedimiento, se rellenan unos formularios y secretaría pasa nota, da tiempo a que el calentón se derrita. Pero las barreras desaparecen cuando el señor presidente lleva un móvil en el bolsillo y puede enviar un mensaje indebido en el momento menos oportuno a millones de personas.








