La relación entre el hombre más rico del mundo, Elon Musk, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha estallado en una pirotécnica rabieta que sirve de recordatorio de lo disfuncional del movimiento trumpista. La crisis empezó el martes, cuando Musk —que solo cuatro días antes había escenificado en el Despacho Oval su salida del círculo del poder del presidente— criticó a través de su red social X la ley ómnibus impulsada por Trump como una “abominación repugnante” repleta de “gastos superfluos”.

Como cabeza del Departamento de Eficiencia Gubernamental, el magnate sudafricano había recibido el encargo de Trump de pasar la motosierra por la Administración pública estadounidense, pero la única consecuencia real de estos meses ha sido una retahíla de despidos, algunos de ellos con efectos tan graves que tuvieron que ser revertidos por la propia Administración o, a la fuerza, por la justicia. Hechas además las cuentas, los efectos sobre el control del déficit público han sido diminutos, ni de lejos suficientes como para compensar la masiva rebaja de impuestos —especialmente a los más ricos— que propone la “gran y hermosa ley” de Trump.

El presidente replicó a Musk de forma relativamente moderada en una rueda de prensa para luego, ya desatado, hacerlo a través de su propia red social, Truth. Con palabras cada vez más gruesas —incluidas acusaciones de pedofilia al mandatario republicano— ambos han escenificado su ruptura hasta el punto de que Musk ha animado a reemplazar a Trump por su vicepresidente, J. D. Vance, o incluso a financiar una alternativa política al trumpismo. La disputa, retransmitida en directo a través de las redes sociales, ha provocado un terremoto en el movimiento MAGA. Si Musk es capaz de mover algún voto en la tramitación de la ley ómnibus —que, tras ser aprobada por un solo voto en la Cámara de Representantes, se dirige a su tramitación en el Senado, donde los republicanos tienen una mayoría de tres escaños— estaríamos ante una crisis de consecuencias impredecibles.