No solo el código genético y el código postal determinan la salud de un individuo. Todo lo que nos envuelve, desde el aire que respiramos a los productos que uno compra en el supermercado, juega también un papel mucho más determinante de lo que cualquiera podría llegar a imaginar. Tras esas costumbres y productos que pueblan nuestro día a día se erigen poderosas corporaciones cuyos actos, por más nimios que parezcan, puede tener repercusiones descomunales en la vida de la gente, cuenta Anna Gilmore, profesora de Salud Pública y directora del Centro para la Salud Pública del siglo XXI de la Universidad de Bath (Reino Unido): “La forma más sencilla de verlo es fijarnos en la magnitud del daño causado por cuatro productos: el tabaco, los combustibles fósiles, el alcohol y los alimentos. Solo esos cuatro productos estimamos que causan entre un tercio y dos tercios de todas las muertes mundiales”.
Gilmore (Londres, 57 años) lleva décadas investigando la huella —y el modus operandi— de las grandes corporaciones para influir en la salud, las políticas y en la opinión pública. En el mundo científico, a todos esos productos y acciones de la industria se les conoce como los determinantes comerciales de la salud. “Son las formas en las que el sector comercial impacta en la salud”, sintetiza.






